Landare folklorea Nafarroako Pirinioetan

La comarca de Auñamendi es un territorio de 732,2 km², situado en pleno corazón de los Pirineos Navarros (Pirineos Centrales). Toma su nombre del mítico “monte del cabrito” o Pico de Anie, una de las moradas donde habita la diosa Mari junto a su consorte. Está conformada por Valcarlos-Luzaide, Roncesvalles-Orreaga, Burguete-Auritz, Valle de Aezkoa, Valle de Erro, Valle de Esteribar, Valle de Arce y Oroz-Betelu (desvinculado administrativamente del Valle de Arce en 1845). Limita al norte con Francia, al este con los Valles de Roncal y Salazar (Pirineos Orientales), al sur con Lumbier, Aoiz y la Cuenca de Pamplona y al oeste con Ultzamaldea (comarca sobre la cual publiqué un artículo en enero de 2017).

La mayor parte del territorio es principalmente vascófono, a excepción de Arce y Oroz-Betelu que pertenecen a la zona lingüística mixta donde una parte de sus habitantes mantiene el euskera como lengua materna y otros el castellano. En sus límites se habla el dialecto bajo-navarro de Baigorri o Garazi (Valcarlos), el aezkoano (un dialecto de transición que oscilaría entre el bajo-navarro salacenco y el alto-navarro septentrional) y reminiscencias del alto-navarro meridional (Erro, Esteribar y Arce).

Geográficamente hablando, se trata de una zona montañosa de altitudes medias-altas con frondosos valles y bosques con una rica bio-diversidad. El clima es húmedo y templado, que podríamos clasificar como oceánico (Köpper), marítimo fresco (Papadakis) o de montaña (Strahler), a excepción de la franja de Valcarlos y una parte de Aezkoa que presenta características propias del clima atlántico. En cuanto a su flora, en Valcarlos predominan los hayedos, robledales (y otras variedades de “quercus”) y castaños, seguidos por fresnos, alisos, álamos (conocidos como “txopos”) y otros frutales como avellanos, cerezos e higueras. Entre los arbustos, destacan los espinos (el espino blanco es el más abundante), endrinos, enebros, laureles, brezales, saúcos, árgomas, acebos, rosales y zarzales. En lo que respecta a las herbáceas, podríamos señalar los helechos, diversas variedades de artemisa y belladona, heléboro, digital, verbena, malva, hipérico, tormentilla, hierba de San Benito, varios tipos de geranios, achicoria, hinojo, ortigas, manzanilla y cardo dorado (el famoso “eguzkilore” o flor de sol). En los caminos también es frecuente encontrar fresas silvestres y arándanos (llamados “abiak”).

El lugar que posee una mayor resonancia mítica en Luzaide es el Bosque de la Lanzas, un hermoso hayedo cuyos árboles sugieren formas femeninas. La leyenda, recogida por Satrústegui, narra el desconsuelo de Carlomagno tras la derrota en la Batalla de Errozabal o Roncesvalles. El relato cuenta que un ángel se apareció al rey franco y le sugirió que enviase a sus mensajeros a buscar a las doncellas de su reino. Acudieron a la llamada unas 50000 damas. El rey les pidió que se disfrazaran con las ropas de los soldados y desfilaran como sus tropas con las espadas en alto. Los sarracenos que supuestamente ayudaron a los vascones (hecho que está comprobado que fue falso) transmitieron a su gobernante que el franco había traído una reserva de hombres jóvenes, bellos y valerosos, de modo que era mejor no intentar combatirlos. Así pues, la contienda no continuó. Las doncellas se retiraron a descansar a un verde claro, pinchando las lanzas que portaban sobre la tierra. Luego cayeron rendidas por el cansancio de la marcha. A la mañana siguiente encontraron las armas cubiertas de hojas y flores. Esta historia resuena con versiones de otras leyendas locales y europeas más antiguas en las que las doncellas se convierten en árboles.

Otro de los puntos interesantes a visitar se encuentra entre el barrio de Azoleta y el barrio del Bixkar. Allí se ubican dos monumentos megalíticos: el dolmen de Epersaro y el túmulo de Zubibeltzeko. Satrústegui recogió testimonios de vecinos del lugar que afirmaban que el Basajaun vivía en las inmediaciones de Azoleta y, en general, los enclaves rocosos en los que existen monumentos megalíticos suelen estar asociados a la presencia de Jentilak o Gentiles. En esta zona hay grandes robles dispersos que recuerdan la figura de un gigante lleno de vegetación, aspecto bajo el cual se presenta el Basajaun o Señor del Bosque.

En el paisaje de Roncesvalles-Orreaga (punto clave del Camino de Santiago) y Burguete-Auritz resaltan las hayas, los robles y los abetos, además de los enebros (de los cuales deriva el nombre de Orreaga o enebral), zarzas y espinos (más comunes en Auritz). Esta zona también destaca por la presencia de Amanita muscaria (“kuleto faltsua” ) y Psylocibe coprophila, aunque podemos encontrar ejemplares en Esteribar, Aezkoa y Erro. Otra planta que es singular en Roncesvalles y Aezkoa es la Circaea alpina o hierba de Circe que se encuentra en peligro de extinción. En Roncesvalles volvemos a toparnos con otro espacio vinculado al Basajaun: el Bosque de Basajaunberro, poblado de robles y hayas. Esta arboleda fue uno de los supuestos lugares de reunión de los/as acusados/as en el juicio por brujería de 1575 y es parte del ruta nº1 de la brujería navarra. En Burguete se sitúa otro de los espacios asamblearios de los/as brujos/as locales, conocido como Bosque de Sorginaritzaga o Robledal de las Brujas. Allí mismo se dice que el Inquisidor Balanza quemó a nueve de los/as condenados/as del juicio de 1525. Posteriormente, con el propósito de “purificar” el lugar, se decidió erigir una Cruz Blanca como símbolo de protección divina. Por ese crucero transitaban los peregrinos que hacían el Camino de Santiago por la senda entre Orreaga y Auritz.

Aezkoa cuenta con un 60% de reserva forestal en su territorio, aparte de albergar la estación megalítica de Azpegui y la ruta de los hórreos navarros. En este valle se sitúa la Selva de Irati, el segundo hayedo-abetal más extenso y mejor conservado de Europa después de la Selva Negra (Alemania). Además de estas dos tipologías de árboles, encontramos robles, abedules, tejos, avellanos, tilos y arces. En cuanto a arbustos, podemos señalar el serbal, el acebo y la retama negra. En lo que a herbáceas respecta, es remarcable la presencia de verbena y hierba algodonera o Eriophorum Angustifolium (un tipo de junco lanudo que permitió la inclusión de este bosque es un programa de protección ambiental europeo). Como peculiaridad también podemos comentar que una planta carnívora fue descubierta en 2015: el rocío de sol o Drosera Rotundifolia. Algunas especies amenazadas que habitan este valle son: San Juan Lorea o Margaritón (Leucanthemum maximum), Pipirripia o Narciso de los Poetas (Narcisus poeticus), Mamillata o Gracia del Pantano (Eleocharis austriaca) y mijo de sol o lágrima de Gaston (Blugossoides gastonii). En la zona de Irati se pueden recolectar setas, con el debido permiso municipal y siguiendo unas normas para asegurar el mantenimiento del ecosistema. Las más requeridas son la xiri jangarria o senderuela (marasmius oreades), el ziza hori o rebozuelo (cantharellus cibarius), la trompeta de los muertos (cantharellus cinereus) y varios tipos de boletus (regious, aestivalis, edulis, aereus).

En la Selva de Irati se dice que también habita el Basajaun junto a su esposa la Basandere (Señora del Bosque). Otro de los vecinos míticos interesantes es Unai, el hombre-oso, una reminiscencia del culto totémico al oso en el Pirineo que se fusiona con el folklore vegetal de la zona.

El Valle de Erro es el segundo territorio más rico en yacimientos dolménicos de Navarra. Existe un conjunto de diez dólmenes en el término de Espinal-Aurizberri, de los cuales cuatro se mantienen en buen estado de conservación. En Ardaitz se encuentra otro interesante agrupamiento de cuatro dólmenes y en Sorogain podemos recorrer una ruta megalítica, compuesta por dos circuitos, que incluye dólmenes, cromlechs y túmulos. Los más valiosos, arqueológicamente hablando, son: el dolmen de Arregi, el túmulo de Odiego, el cromlech de Xanxoten Harria y el dolmen de Sorogain. Otros elementos a destacar son dos conjuntos de estelas funerarias situados en Orondritz y Aurizberri.

El paisaje de este territorio, además de estar poblado de hayas y robles, se ve enriquecido por pinos silvestres, abetos, alerces (larix decidua), castaños, tejos, fresnos, álamos y arces. Entre los arbustos, destacan el boj, el serbal, el acebo, el espino albar (“gorrillón”), el endrino y las zarzas. También encontramos grandes pastizales y praderas donde predominan los helechos, las gramíneas, especies forrajeras y leguminosas. Algunas herbáceas que merece la pena mencionar por su uso medicinal y valor folklórico son: la belladona, el heléboro, la digital, la amapola, la rosa silvestre, el saúco, la malva, la angélica, la milenrama, el diente de león, el trébol, el aro o “sugebelarra” y las aleluyas (oxalis acetosella). En cuanto a hongos, es fácil encontrar “yesca” (ardagaia) para encender fuego. El Valle de Erro posee dos enclaves naturales reseñables: el Robledal de Muskilda y el Bosque de Quinto Real (que comparte con Esteribar, Baztán y Alduides).

La Virgen de Muskilda es una advocación mariana que fue encontrada por un pastor en el interior de uno de los robles gracias a la presencia de un bóvido rojo (una de las muchas formas que adopta la Diosa Mari). Esta figura es la patrona de Otsagabia (Valle de Salazar) pero también es venerada en Erro. Se trata de una talla románica cubierta por un manto rojo, coronada como una reina, que sostiene una flor en la mano derecha y al niño sobre su lado izquierdo. Otro aspecto relacionado con esta Dama Roja es que se le rinde culto con una danza de palos desempeñada por nueve bailarines. El líder del grupo es conocido como el Bobo (o el Loco), viste un traje de estética arlequinesca y porta una máscara bifronte (roja y negra; verde y negra). Cuando muestra su rostro verde, emula a una suerte de “Hombre Verde” o “Señor del Bosque”, mientras que su cara roja y negra evoca claramente al Diablo (Etsai). La primera de las cuatro danzas que representan se titula “El Emperador”; la segunda, hace referencia a su máscara (“katxutxa”); la tercera, ilustra una danza frenética con sus seguidores; la cuarta, denominada “Modorro”, podría guardar relación con el vocablo “mozorro” que designa a un tipo de genio o duende que se aparece con forma de insecto, con una máscara o con aspecto humano portando ropajes rotos.

El Bosque de Quinto Real recibe su nombre de “la quinta”, el tributo que se debía entregar a la Corona de Navarra durante el S. XIII como pago por el aprovechamiento de los pastos y montes. Normalmente consistía en la entrega de un cerdo de cada cinco. En este paraje se halla el hayedo de Odia, parte de cuyos árboles presentan oquedades y abundantes restos de madera muerta que confieren un aire de cuento gótico a este refugio de contrabandistas pirenaicos. Uno de los atractivos actuales es acudir a escuchar la berrea del ciervo en otoño.

Otro aspecto a mencionar del Valle de Erro es nos encontrarnos de nuevo con la asociación entre los megalitos y los gentiles (gigantes), esta vez bajo el aspecto de Roldán (el campeón caído de Carlomagno). En este caso, en Litzoain se puede ver una de las tantas huellas de este personaje en forma de una gran piedra de 3 metros de longitud que, según la leyenda, fue una de las enormes zancadas de este caballero.

Esteribar es conocido como el Valle de la Caza (derivado de “ehiztari”, cazador). Las piezas más apreciadas suelen ser el ciervo, el corzo, el gamo, el jabalí, la liebre, la paloma (torcaz, tórtola), el zorzal (o malviz), la perdiz (becada) y la codorniz, aunque algunos lugareños también cazan zorros. En sus ríos también se pueden pescar truchas y cangrejos. Entre sus atractivos turísticos podemos señalar el embalse y la fábrica de armas de Eugi. En cuanto a su flora, predomina el pino albar y salgareño, el haya, el roble, el quejigar, el castaño, el fresno, el álamo, el aliso y el alerce. En esta zona abundan igualmente los matorrales, enebrales, endrinos, brezales y el boj. En la cuenca del río Arga puede encontrarse algún ejemplar de beleño negro, pero es más común en la comarca de Tierra Estella.

La recolección de setas y trufas es otra de las actividades destacadas en este valle. Las más atesoradas por su valor culinario son: el Perretxiko o seta de San Jorge (calocybe gambosa), la xiri jangarria o senderuela (Marasmius oreades), la jangarria o galamperna (Macrolepiota procera), la ziza hori o rebozuelo (Cantarellus cibarius), la onddo beltza o cabeza de fraile (boletus aereus), el esne-gorri o rovellón (lactarious deliciosus), la tronpeta hauskara o trompeta de los muertos (Cantarellus cinereus), la zaldun-ziza o seta de los caballeros (Tricholoma flavovirens), la makal-ziza o seta de chopo (agrocybe aegerita), la errotari o molinera (clitopilus prunulus), la gibelurin o carbonera (russula cyanoxantha), la urbeltz galparduna o barbuda (coprinus comatus) y el azpibeltz horikorra o champiñón anisado (agaricus silvicola). Otras setas comestibles peculiares de la zona son: la sorgin berdeska o estrofalaria verde (stroparia aeruginosa), la izokin marroia o plúteo cervino (pluteus atricapillus), la elur-ziza aldakorra o foliata cambiante (Kueheneromyces mutabilis), la urril-ziza o platera (Clitocybe geotropa), la ziza berdebeltza o tricoloma verde-negra (Tricholoma sejunctum), la cortinaria de pie azul (Cortinarius cyanopus) y la Judasen belarria u oreja de Judas (Auricularia auricula-judae).

En Esteribar se ubican las ruinas de la Real Fábrica de Armas de Eugi (1766), centro de producción de cañones, armas ligeras y municiones que abasteció a los navarros en su conflicto con los franceses. Este edificio es una expresión de esplendor del pasado minero de este territorio, que llegó a contar con tres ferrerías activas entre el S.XV y XVII. La figura del herrero como personaje vinculado al fuego alquímico y la forja del alma es muy importante dentro de la mitología vasca, pero en esta zona no se conservan relatos que permitan analizar elementos significativos de su folklore. En cambio, sí que existen referencias a Xalomon ehiztaria o el rey Salomón transformado en cazador maldito tras perseguir a una liebre blanca en la cual el Diablo se había convertido para tentarlo.

El Valle de Arce recibe su nombre del árbol más abundante en sus lindes y ejerce de bisagra entre el Pirineo y el Pre-Pirineo Navarro, siendo a la vez uno de los antiguos puntos de paso de la calzada romana del Pirineo por la cual Carlomagno condujo a sus tropas (hasta el momento se están acondicionando los 26km que van desde Olaberri a Aurizberri y se puede realizar una visita guiada desde Urdirotz). La zona norte es principalmente ganadera y la del sur se dedica a la agricultura. En su momento, la minería y los oficios artesanales (tejedores o “pelaires”, cuchareros, almadieros…) tuvieron su importancia en la economía del lugar. Su paisaje puede dividirse en cuatro partes diferenciadas:

– Foz del río Urrobi y tramo medio-alto del río Irati: abundante en hayedos, robledales, arces, pinos silvestres, abedules, brezos, enebrales, herbazales y diversos ejemplares de plantas de la familia de las compuestas. Entre las asteráceas, destaca la hierba calabacera (Adenostyles alliariae) y la lechuga de bolsillo (Adenostyles alliariae). Por sus usos medicinales es apreciada la valeriana pirenaica.

Zona de los montes de Elke, Sierra de Zarikieta y picos de Marikalda-Seseta: aquí pueden encontrarse distintas especies de flora rupícola y es remarcable la presencia de aliso dorado (alyssum montanum) por su utilidad en el tratamiento de la rabia. 

Foces pre-pirenaicas: se trata de un territorio de densos carrascales, enriquecidos con cornejo (cornus sanguinea), durillo (virurnum tinus) y labiernago (phillyrea latifolia).

Monte Baigura: poblado de hayedos, robledales, espinos, zarzas, endrinos, acebos, brecinas (calluna vulgaris) y oteas (ullex gallii). Entre las herbáceas, es reseñable el hipérico y el narciso de los poetas.

Artzibar alberga dos monumentos megalíticos singulares: la cista de Uligaitz y el dolmen de Xurize. Otro enclave curioso de este valle se encuentra en el despoblado de Urrobi, deshabitado desde finales del S.XIV. En él se hallan los restos de un puente romano cuyo arco, desgraciadamente, se desplomó hace unos años. Dicho viaducto era conocido como el Puente del Esqueleto por estar asociado a una leyenda sobre una aparición de unos restos óseos que, al parecer, habían vuelto a la vida mágicamente. Lo que no se recuerda es si dicho cadáver pertenecía a una persona real o no. En cualquier caso, si alguien tiene un particular interés por las historias de renacidos o desea llevar a cabo prácticas necrománticas, el lugar promete.

La flora de Oroz-Betelu se compone principalmente de robles, hayas, abedules, castaños, cerezos, endrinos, espino blanco, serbal, acebo y boj. También es significativa la presencia de verónica montana, árnica montana (sustituida en zonas de secano por la árnica falsa o pallenis spinosa) y botón de oro (ranunculus acris). A nivel arqueológico destaca el menhir de Berraburu.

Tras esta introducción al paisaje y los parajes legendarios de la comarca de Auñamendi, pasaremos a analizar el simbolismo, así como los usos medicinales y folklóricos de aquellas plantas más utilizadas en este área. Debemos tener presente que tanto la dendrolatría como la tradición herbolera (“sendabelar”) están fuertemente arraigadas en el pueblo vasco-navarro. Barandiarán y Caro Baroja dieron cuenta de la pervivencia de leyendas en las que se hablaba de un tiempo mítico en el que los árboles acudían andando hasta los caseríos y aún existen testimonios relativamente modernos en los que los vecinos se refieren a algunos númenes y espíritus como “la gente del bosque”. Resurrección Mª de Azkue, quien llevó a cabo muchas de sus investigaciones etnográficas en el territorio al que nos venimos refiriendo, apuntaba que muchos lugareños mantenían la creencia animista de que las plantas tenían alma. Concretamente, señaló que se afirmaba que, cuando un bosque era vendido, éste se enfadaba tanto que acababa dejando caer a alguno de los árboles con la intención de aplastar a algún humano como venganza. También documentó que se pedía perdón al árbol cuando se iba a cortarlo.

Por otro lado, muchos solares o apellidos familiares tienen vinculados un árbol, arbusto o alguna planta que define parte del carácter y la esencia de ese grupo. Asimismo, existen muchos topónimos definidos por plantas a lo largo de la geografía y lindes delimitadas por un árbol singular, llamado “árbol terminal” por indicar el final de un terreno. En el pasado, las reuniones socio-políticas de algunas localidades, así como los juramentos o pactos importantes, se realizaban debajo de alguna arboleda o árbol señalado. Ciertos árboles también se asocian a acontecimientos festivos y religiosos. Por último, cabe mencionar la tradición de plantar un árbol o alguna otra planta el mismo día en que nace un/a hijo/a para que le acompañe a lo largo de su desarrollo vital.

Sin duda, el roble (aritz/haritz/aretx) es el árbol con mayor valor constructivo-ornamental, socio-político, mágico-religioso e identitario, tanto en esta zona como en otras partes de Euskal Herria. Las variedades más comunes son el quercus robur (roble común), quercus petraea (roble de hoja ancha), quercus pubescens (roble blanco) y quercus pyrenaica (roble negro, marojo o ametz-a). Este árbol ha sido asociado mitológicamente a un dios pre-romano pirenaico llamado Arixon o Arixo que, según Marliave, era la divinidad tutelar del Valle de Louron (Haute-Pyrénées) y del cual se conservan dos inscripciones en Aquitania que datan de época romana. En una de ellas se hace referencia a Marti Arixoni y Caro Baroja interpretó que éste pudo ser identificado con el Marte romano.

Sin embargo, existen leyendas que asocian al roble con el Basajaun (Señor del Bosque) y su extraordinaria fortaleza. En los últimos tiempos, se ha vinculado el roble con Urtzi (dios del cielo y el trueno) por la asimilación que se establece con el Zeus griego, el Júpiter romano y otras deidades europeas como el Thor nórdico o el celta Dagda. A pesar de que esta conexión es moderna, no es descartable debido a que el primer rey de Navarra, Eneko Aritza o Iñigo Arista, tomó como apodo “el roble” como símbolo de su nobleza, fortaleza y sentido de la justicia. Igualmente, existen varios apellidos derivados del roble como Aresti, Aristegui, Aizluzeta, Aizkuneta, Arechabaleta…) y muchos varones lo portan como nombre propio. Otra consideración a tener en cuenta, es que muchas asambleas políticas y romerías religiosas se han celebrado a lo largo de los siglos debajo de robles singulares (Zendokiz, Ondategi, Guerediaga, Sagastiguren, Avellaneda, Artzentales, Arriaga, Aitze, Arbieto, Gernika…) o de encinas (Soscaño, Barajuen, Artziniega, Angosto, Salve…). En este sentido, podemos afirmar que el roble ( y su prima la encina) en Euskal Herria presenta correspondencias jupiterinas, atendiendo a la clasificación astrológica tradicional y esotérica occidental.

En lo que respecta a su uso medicinal y folklórico, la parte más utilizada suele ser el tronco y su corteza. En el Valle de Aezkoa era habitual que el padre de la familia cortase un roble cuando nacía un hijo. De ese modo, cuando cumpliese los 20 años, el tronco estaría suficientemente seco para que pudiera servir en la construcción de la casa. Antes de hacerlo debía solicitar permiso al árbol con alguna ofrenda o pedir perdón. Las agallas junto a la corteza, tanto del roble como de la encina, se empleaban para curtir y teñir, además de tener aplicaciones veterinarias. Asimismo, los muebles, las “kutxas” (arcones), las ruedas o clavijas de los carros, el aguijón del ganado y muchos aperos de labranza se elaboraban con su madera, no solo por su dureza, sino también por su simbolismo protector. En Eugi, la ceniza del roble se diluía en agua caliente hasta formar una pasta que luego se aplicaba sobre paños de lino sobre la garganta (remedio de inflamaciones buco-faríngeas). La decocción de corteza de roble fresca se indica para el tratamiento de la gastroenteritis (se aconseja su preparación y toma por las mañanas), además de la anemia.

Resurrección Mª de Azkue se refiere al roble como el árbol de San Juan. En muchos lugares de Navarra y País Vasco, entre ellos, Aezkoa, se llevaba a cabo un ritual en el que intervenía esta fagácea. Para curar la hernia en los niños, se hacía pasar al enfermo a través de un tronco hendido o a través de sus ramas tres veces siguiendo una ceremonia determinada. Esto se hacía a medianoche en la víspera de San Juan. Algunos vecinos atribuyen poderes curativos a las hojas de los robles y encinas (arte, en euskera) que están junto a ermitas e iglesias y se las dan de comer al ganado para alejar la enfermedad y el mal. Asimismo, las cenizas del roble y la encina se han usado tradicionalmente para fabricar amuletos de protección (“kuttunak”).

El haya (pago, bagua) es el segundo árbol con una mayor presencia y simbolismo. Marliave la relaciona con Fago o Fagus Deus (por su nombre en latín, fagus sylvatica), una divinidad de los árboles que fue venerada especialmente al norte de los Pirineos. Tanto en Bigorra como en Saint Bertrand de Commings se han encontrado altares votivos dedicados a esta deidad. Además, se han hallado otras inscripciones en Tibiran-Jaunac, Saint-Béat y Générest acompañadas de hojas y esvásticas. Otra evidencia epigráfica de época romana, encontrada cerca de una via sacra en el Valle de Arbas en la que se registra el sobrenombre de Sexs Arbori Deo (Dios de los Seis Árboles), apunta a que esta entidad pudo tener uno de sus santuarios en este lugar. No obstante, Caro Baroja señala otros lugares de Euskadi cuyos topónimos marcan ciertos hayedos como espacios sagrados, como es el caso de Fagoaga (que también existe como apellido), Fagodi, Pagogaña o Paguagua. Por su parte, Belasco añade otros hayedos de Navarra como Pagadi, Pagamendi, Pagoeta o Pagolleta. En la localidad de Faido (Álava), hay una cueva que guarda una pintura rupestre en la que aparece un haya como representación de esta divinidad.

Posteriormente, emergieron leyendas en las que se vinculó al haya con la Diosa Mari. La más famosa es la que se localiza en Pagomari o el Hayedo de Mari, en la Sierra de Aralar (Navarra). Según la narración popular, una muchacha de Iribas y un mozo de Lakuntza se reunían bajo una gran haya del raso de Intzazelai a fin de celebrar su amor. Un invierno, tras una gran nevada, ambos murieron de frío y aparecieron cogidos de la mano a la sombra del haya (se calcula que el árbol tiene más de 400 años). En Valcarlos, como ya hemos mencionado antes, existe la leyenda de las doncellas del Bosque de las Lanzas.

En la Selva de Irati (Aezkoa), la Basandere metió dentro de un haya a la pastora embarazada que mantuvo amoríos con el Basajaun. El haya también posee asociaciones con la fertilidad y el parto en otras zonas de Euskadi. Muchas mujeres acuden al Hayedo de Okón (Álava) a pedir un/a hijo/a o a solicitar que se les conceda un buen alumbramiento.

Otro de los usos folklóricos del haya está asociado al Solsticio de Invierno. El “gabonzuzi” o tronco de Nochebuena es de haya. Su ceniza se utilizaba para fertilizar los campos, prevenir de la peste al ganado así como para elaborar amuletos de protección. En otras localidades, quemaban un tronco de haya verde en Nochevieja y luego lo colgaban en el techo de la cuadra para alejar el mal del ganado. El carbón vegetal de haya también era un remedio tradicional contra la tiña y la sarna. Se dice que la mejor fecha para cortar hayas es durante la luna nueva de septiembre, periodo que coincide con muchas fiestas patronales locales en las que se venera una advocación mariana que se asimila a alguno de los muchos rostros de Mari.

La madera de haya se utiliza especialmente para la construcción naval, la fabricación de las piezas de los molinos que están en contacto con el agua y muebles para el hogar. El fruto del haya se da como complemento alimentario al ganado y de él también se extraía un aceite que servía para iluminar candiles (algunos de ellos devocionales). En Eugi se usaba para tratar dolores de garganta y bajar la fiebre. Las cenizas de la madera del haya, en solitario o mezclándolas con las del roble, se diluían en agua y se aplicaban sobre trapos blancos en el cuello. En caso de fiebre, se procedía de manera semejante pero se indicaba sumergir todo el cuerpo en un barreño y frotarse con la pasta. Cuando se empezaba a sudar, se salía del baño y se cubría a la persona rápidamente con una manta. Si lo consideraban conveniente, podían quemar la ropa del enfermo/a. En Orbaitzeta los leñadores se aplicaban hojas frescas de haya cuando se cortaban con el hacha por sus propiedades antisépticas, cicatrizantes y analgésicas.

El castaño o castanea sativa (gaztaiñondo) es un árbol ligado a los Basajauns y al robo del secreto de la herrería como arte mágica. El protagonista del relato es un mozo que actúa como “trickster” y es conocido como Martin Txiki (que luego se asimilaría a San Martín o San Martinico). Utilizando a un niño inocente como intermediario, el personaje logró averiguar que las sierras se hacían utilizando la hoja serrada del castaño como plantilla . De ahí que muchas herramientas usadas en oficios tradicionales se fabriquen con madera de castaño. Por otro lado, las castañas han sido la ofrenda habitual a los muertos en el Animen Eguna, Gaiztainerre Eguna o Día de Difuntos. Esta asociación con la muerte también la encontramos en la práctica de cocer castañas y regar aquellos huertos donde hubiese topos u otras alimañas ya que ,al ser una planta rica en taninos, puede llegar a producir problemas digestivos en grandes cantidades (matando a animales pequeños). En cambio, el cocimiento de hojas frescas aplicadas por vía tópica sirve para tratar los herpes y las almorranas.

El castaño de indias (aesculus hippocastanum) también está bastante extendido. La parte más utilizada son las semillas que se maceran con alcohol etílico en un recipiente cerrado y a oscuras. Estas semillas es preferible recogerlas en octubre, cerca de alguna iglesia, ermita o santuario. Si se quiere usar la tintura, se deja macerar 9 días (junto con unas bayas de ciprés) para aplicarla externamente en el tratamiento del reuma y problemas circulatorios. Si se quiere tomar internamente para problemas de exceso de coagulación de la sangre o reducir los dolores articulares, se debe macerar durante 40 días e ingerir unas 20 gotas tres veces al día. Popularmente se cree que llevar una castaña pilonga en el bolsillo ayuda a tratar el reúma y otros problemas de huesos, así como previene la tiña. Las semillas de este árbol también se cree que otorgan positividad y buena suerte (doy fe de que a mi madre le funciona).

El fresno (lizarra, osto lizar) es un material muy apropiado para la ebanistería, otro de los árboles asociados al Solsticio de Verano y un elemento clave en remedios de tipo mágico. En algunas localidades de estos valles del Pirineo Central se fabrican enramadas o cruces con fresno y espino albar, al que se le pueden añadir algunas rosas para proteger la casa o los campos. Al año siguiente, estas enramadas se queman diciendo “sarna fuera”, luego se salta sobre la hoguera y se va a buscar ramas nuevas. En otros municipios, se sustituía el roble por el fresno para llevar a cabo el ritual de pasar a los niños con hernia a través del hueco o las ramas del árbol. En Goizueta (cerca de Aralar), en cambio, tenía una aplicación romántica. Los chicos colocaban una rama de fresno en el balcón de la chica que les gustaba durante la Noche de San Juan y en la víspera del Día del Carmen iban a presentase a la casa para saber si la muchacha le aceptaba como pretendiente. Si se deseaba atraer el amor, se podía quemar una rama de este árbol en la medianoche del 15 al 16 de julio.

La infusión de hojas de fresno se ha utilizado tradicionalmente para limpiar las vías urinarias y tratar el mal de orina (“usuri-gaitze”), así como para evitar la retención de líquidos, aliviar procesos inflamatorios y remitir los síntomas de la gota. En la zona de la frontera con Francia, se calentaba ligeramente una rama joven troceada y se exprimía parte de la savia interior del árbol para luego verterla sobre el oído de aquel que padecía hipoacusia u otros problemas auditivos. También se ha usado el fresno para el tratamiento de enfermedades bronquiales, preparando un cocimiento con las hojas del árbol, endrino, espliego, tomillo y malvavisco. La corteza sirve de analgésico y antipirético. Para las mordeduras de serpiente, se preparaba una cataplasma con raíces de fresno aceite de oliva y ajo y se llevaba a cabo un ritual en el que el/la curandero/a se santiguaba, hacía un corte con una navaja en forma de cruz y recitaba tres salves u otras oraciones en orden invertido. Otro remedio para las picaduras de culebra se hacía con la corteza del fresno, aplicando primero un hierro candente y luego cubriendo la herida con la cabeza del mismo animal que te había mordido.

El aliso o alnus glutinosa (altz, haltz, aspiltze) es otro de esos árboles con poderes mágicos. Se cree que portar sus hojas sirve como amuleto (“kuttun”) y protege de todo tipo de infortunio (en sustitución de la ruda y el apio que se utilizan más en otras zonas de Navarra). Asimismo, Barandiarán describe un ritual para hacer desaparecer las verrugas. Éste consistía en cobijarse debajo de un aliso próximo a un río y contar las verrugas que se tenían para después recoger el mismo número de hojas del árbol y colocarlas en el agua debajo de una piedra. Cuando el agua se llevaba las hojas, las verrugas desaparecían. La alternativa a este rito era frotar las verrugas con una moneda, colocarla en un cruce de caminos envuelta en papel o atándola con un trozo de aliso. La verruga también se podía frotar con tres hierbas de diferentes especies. Con las hojas del aliso se preparaban igualmente emplastos con el fin de sanar úlceras y heridas. El cocimiento de las hojas con sal también se usaba para el tratamiento del reumatismo. Con la corteza se teñía de negro la lana con la que se fabricaba una prenda de abrigo típica del Pirineo: el “kapusai”. La lana negra siempre ha tenido una función protectora, más aún si se teje en las doce noches mágicas que siguen al Solsticio de Invierno.

El avellano o corylus avellana (urritza, urretza, urrutsa) es un árbol relacionado con el dios serpiente (Sugaar o Maju), la sabiduría y las artes mágicas. Su madera es la más usada para hacer varas. Los zahoríes (también conocidos como brujos del agua, aunque tenían grandes conocimientos de geomancia) las utilizaban para encontrar agua, una tierra fértil, objetos perdidos e incluso personas. Asimismo, muchos/as curanderos/as removían sus pócimas y ungüentos con estas varitas o las empleaban para otros rituales de sanación. Se dice que este árbol, al igual que el “suharri” o piedra de rayo, tiene el poder de atraer las tormentas y puede utilizarse para cambiar el tiempo atmosférico a voluntad (weather magic). El cocimiento de la corteza con alumbre permite teñir la ropa de amarillo y mezclada con sulfato de hierro se obtiene el color gris. Si nos fijamos, el amarillo representaría simbólicamente la luz del sol mientras que el gris emularía a las nubes que portan tempestad. La corteza de ramas jóvenes se utilizaba como tónico, las flores para bajar la fiebre y las avellanas servían para elevar la tensión baja. Al fruto de avellano también se le atribuye la propiedad de estimular la creatividad y atraer la inspiración. En el Valle de Aezkoa, las enramadas de avellano y espino blanco fabricadas en la Noche de San Juan se utilizan para proteger los caseríos y los hórreos. A veces se añaden rosas. En otros lugares del Pirineo Central y de Euskal Herria se pueden ver varas de avellano coronadas por una cruz, las cuales se alzan sobre los campos para prevenir el daño por tempestades, plagas o enfermedades.

La higuera o ficus carica (piko, pikotze) es otro de esos árboles protectores contra las tormentas en esta zona del Pirineo Navarro. En la mitología clásica, es un árbol asociado a Gea y Deméter. Sin embargo, en la imaginería judeo-cristiana está relacionado con el pecado, ya que Adán y Eva cubrieron sus órganos sexuales con sus hojas tras comer de la manzana prohibida. Posteriormente, en las creencias medievales europeas y el esoterismo occidental se le han atribuido cualidades saturninas y se le ha asociado con el Diablo, advirtiendo de los peligros de ponerse a la sombra de la higuera. En este caso, el folklore local se alinea con la interpretación greco-latina que le confiere atributos venusinos. El jugo lechoso que brota al romper el tallo recién cogido del árbol es el remedio más utilizado contra las verrugas en Valcarlos (método que ya recomendaban Plinio y Dioscórides). Asimismo, los higos secos abiertos sobre la piel se usan para tratar el acné. A las personas calvas se les frotaba la cabeza con hojas frescas de higuera para que les volviese a crecer el pelo. En las zonas cercanas a la frontera francesa también se usaba la hoja de este árbol para la curación de heridas, diviesos y forúnculos. Los higos cocidos en vino se aplicaban en la curación de flemones y son conocidas sus propiedades para aliviar dificultades respiratorias.

El nogal o jugans regia (intxaur, elzaur), en cambio, es considerado maléfico en esta comarca, en el Valle del Baztán y en Salazar. Arin Dorrondoso atribuye esto a diversas epidemias e incendios que asolaron algunas zonas de Navarra. Otros autores consideran que, por su etimología, es una planta vinculada a los Intxisuak, que unos describen como genios traviesos y otros como brujos varones. De todos modos, cabe señalar que existe una leyenda vinculada al dios serpiente (Maju) y la cueva de Baltzola en la cual, uno de los hermanos que agravian al númen, ata el cinturón que este le regala a un nogal. El árbol arde por completo por la maldición que Maju había arrojado sobre la prenda. Debido a estos precedentes, tanto en Valcarlos como Aezkoa se cree que no se debe plantar este árbol en las inmediaciones de la vivienda porque es fuente de enfermedades y desgracias. Tampoco se recomendaba recoger una nuez o una manzana encontrada en el camino por si algún/a brujo/a o hechizado había dejado allí sus “demonios” (si se tocaba, debía ser con la mano izquierda).

Igualmente, el nogal está asociado a la muerte y los difuntos. También se dice que, si se echan nueces al fuego y éstas estallan, la pareja discutirá y se acabará rompiendo su relación. El nogal también está relacionado con los dolores menstruales, los males de muelas, las infecciones genitales, las parasitosis intestinales, la sarna del caballo y las lesiones costrosas de las ovejas, sirviendo como remedio para combatir estos males. En otras zonas de Navarra y País Vasco, el nogal figura entre las plantas mágicas del Solsticio de Verano. En cambio, en Valcarlos el cerezo (gerezi) suple su función y en Artzibar ocurre lo propio con el arce (astigar, azkar). En Zuberoa cogían ramas de nogal para colgarlas en las casas y ahuyentar todo tipo de dolores (físicos, mentales y emocionales). Las nueces también se utilizaban para elaborar amuletos frente a los males de muelas y los cólicos menstruales. Con las nueces verdes recolectadas en San Juan se fabricaba un licor con el que se trataban las afecciones digestivas. Se partían cuatro nueces en forma de cruz en cuatro trozos y luego se echaban al anís, aguardiente o vino dulce donde se iban a macerar. Los plantones de nogal (en este caso se sustituían por el castaño) se llevaban a las ermitas o santuarios de otras partes de Euskadi como ofrenda devocional para agradecer los favores recibidos de un/a santo/a.

El tejo o taxus baccata (agin, agintze) es otro de los árboles malditos en el folklore euskaldun, asociado a la enfermedad y la muerte. Al igual que en el caso del nogal, se contraindica tumbarse bajo un tejo, ya que puede dar dolor de cabeza y causar otros malestares. A pesar de su toxicidad, se han usado sus hojas en dosis muy pequeñas para tratar el reumatismo y la fiebre.

El álamo blanco o populus alba (txopo) es muy apreciado en carpintería ligera y es el árbol que suele utilizarse como palo de mayo (maio) en muchas localidades de Euskal Herria, erigiéndose como un símbolo solar y fertilizador. Además, es un buen protector ante las tempestades, al igual que el fresno y el espino blanco. Por su parte, el álamo negro o populus niger (eltzun) es usado para fabricar un ungüento con las yemas del árbol y cera de abeja que sirve de tratamiento de las hemorroides y ayuda a la cicatrización de heridas. En inviernos fríos en los que había pocos recursos servía de alimento al ganado. A nivel mágico, posee un carácter lunar relacionado con los misterios de la noche y la muerte. Curiosamente, el término Ieltxu, que designa a un tipo de espíritu nocturno, presenta una semejanza etimológica a valorar. El álamo temblón o populus tiembla (zunzun), al igual que el chopo, es un buen material en la elaboración de papel. La corteza posee propiedades antipiréticas y anti-inflamatorias.

El abeto o abies alba (izeia) es un árbol asociado a los Jentilak. Existe una leyenda en la que un gentil muy feo y de gran corazón llamado Jokke rescata a un anciano ciego perdido en el bosque. Por su gran tamaño y miserable aspecto no tenía amigos y se ocultaba para no asustar a los humanos. Gracias a que el ciego no podía ver su apariencia pero sí su noble naturaleza, confió en él y el gentil lo cargó en brazos hasta el límite del bosque. Su valiente hazaña le otorgó el cariño de los aldeanos del pueblo, el cual recompensaba llevando leña cortada al pueblo. Se cuenta que Jokke también hizo grandes obras en la localidad, como la construcción de un puente que permitía cruzar a una isla para recolectar fruta o la enseñanza de los secretos de la agricultura para mejorar la calidad de los cultivos. Una noche los vecinos acudieron a él asustados porque habían encontrado las huellas de un gran oso. Jokke montó guardia toda la noche y se acabó enfrentando al oso, hasta conseguir derrotarlo y eliminar aquella amenaza. Sin embargo, aquello le costó la vida. Mari, conmovida por aquel gesto, hizo crecer un gran abeto sobre la tumba del gentil para que fuera recordado. Su madera hermosa y maleable se usa como elemento constructivo en los hogares. Además, con su tronco y la resina del pino se hace un bálsamo cicatrizante. El abeto se puede inhalar o tomar en infusión junto con otras plantas como el pino albar, el eucalipto, la malva o la melisa para la gripe y los resfriados. Es un árbol que está tradicionalmente asociado al Solsticio de Invierno, aunque en otras partes del Pirineo se fabrican enramadas con abeto y rusco en la Noche de San Juan.

El abedul o betula alba (urki) también se vincula a los Jentilak. Recordemos que en estas tierras se describe a los Basajauns con una pata de kaiku, recipiente hecho con la madera de este árbol. Otras piezas de artesanía que se fabrican con este árbol son las “oporrak” (cuencos), los “eskalapinek” (grandes zuecos de madera) y las cunas de bebé (también pueden ser de roble o haya). La infusión del abedul o el consumo del zumo de la planta fresca se prescribe para limpiar el cuerpo (física y espiritualmente), ya que posee propiedades anti-bacterianas y diuréticas.

El laurel o laurus nobilis (erramu) es uno de los arbustos con un folklore más rico en esta zona del Pirineo. Está conectado a Amalur como representación de la Madre Tierra y, desde antiguo, se ha utilizado como contraveneno y poderoso amuleto protector contra Aide o Aide-gaitxo (genio causante de las enfermedades y males de naturaleza mágica). Barandiarán y Satrústegui documentaron la costumbre de bendecir ramas de laurel durante el Domingo de Ramos. Con dichas ramas se confeccionan enramadas o cruces para clavarlas en las puertas, ventanas, establos y muros de los campos el día de la Cruz de Mayo (3 de mayo), utilizando como pegamento la cera de las velas santificadas en la Candelaria. Podemos encontrar diversas tipologías de cruces: con astilla atravesada, con denticulados en los bordes, pirograbadas, antropomorfas…Su función es actuar como “pararrayos” contra tempestades, inundaciones, plagas, maleficios y otras prácticas de brujería. Cuando tronaba o se presentía alguna desgracia, se quemaban hojas de laurel bendecidas en el fuego del hogar (a las que se podía añadir un puñado de hierbas recogidas en San Juan).

Además, portar hojas de laurel entre la ropa servía de “kuttun” para protegerse del rayo si se estaba en el campo o en el monte. Este sistema también previene del daño de los giros considerados maléficos: dar tres vueltas alrededor de un cementerio, rodear una iglesia en sentido contrario a las agujas del reloj o pasear alrededor de la casa a mediodía o medianoche (dependiendo de la localidad). En Valcarlos, durante la víspera de San Juan se elaboran enramadas con laurel y espino blanco. En otras localidades, las enramadas del Solsticio de Verano pueden portar laurel acompañado de otras plantas como margaritones, saúco, rosas, artemisa, ajenjo, malva, hinojo, romero, lirios, espadaña…

En el caso de que una herida esté infectada “por agua y fuego”, se ha de llevar a cabo el siguiente procedimiento: se pone a hervir agua con 7 o 9 piedras dentro (cantos rodados de un río o arroyo considerado sagrado); después se echa el contenido a una vasija de boca ancha; se coloca el puchero boca abajo tapando las piedras; sobre la base del recipiente volteado se colocan unas tijeras abiertas en forma de cruz, dos ramas de laurel bendecido colocadas en cruz y un peine sobre el cruce de ambas (hay quien añade, además, una aguja con hilo); por último, se pone el miembro herido sobre este conjunto. El enfermo debe permanecer quieto hasta que el agua de la cazuela haya vuelto a introducirse en el puchero (cuando el aire se enfría). Si el agua no vuelve al puchero, es señal de que puede haber alguna maldición activa. En caso de que se desee tratar una herida sin estas complicaciones, se puede recurrir a la aplicación de vahos de cocimiento de laurel y flores de saúco.

Para curar los panadizos existe un ritual consistente en seleccionar 9 hojas de laurel que se mojan una a una en agua bendita o agua de siete fuentes. Con cada una de las hojas, se hace una cruz sobre el dedo afectado y se recita: “Zingiri sor, zingiri salamon, nik etzaitut sendatzen Aitak eta Semea eta Espiritu Santu gabe”. La oración se repite con todas las hojas de laurel. Luego se queman las hojas con las brasas del hogar y se coloca la parte afectada sobre el humo mientras se rezan 9 Padresnuestros. Lo anteriormente descrito puede practicarse tres veces al día (amanecer, mediodía, atardecer).

Si el ganado sufría alguna enfermedad de tipo “aidetikako” (mágica), se removía una de las tejas de la Etxea, se echaban brasas del hogar sobre ella, se ponían hojas de laurel sobre ellas y se asperjaba con agua bendita o agua de siete fuentes. Seguidamente se hacía pasar al animal enfermo sobre la teja (o se colocaba la teja a su lado si no podía moverse) y se le “fumigaba” con el humo que desprendía. Este ritual debe hacerse a la hora del toque del Ángelus, preferiblemente a mediodía (aunque se puede hacer al amanecer o al atardecer antes de que se oculte el sol). El laurel también se ha utilizado para fabricar amuletos destinados a los niños, que solían ponerse dentro de un saquito y engancharse a la ropa. La fórmula básica consistía en hojas de laurel, espino blanco, ajenjo, ruda, apio y cenizas del hogar.

El espino albar (elorri zuria, arantz-xuria, gorrillón) se presenta en dos variedades: crataegus monogyna o majuelo y crataegus laegivata o majuelo de dos huesos (conocido en algunas localidades como “sorginegur” o árbol de las brujas). Es denominado popularmente la flor del corazón por su acción cardiaca, hipotensora y relajante. Se trata de una de las plantas de la mágica noche de San Juan y la costumbre dicta su recogida entre el alba y la salida del sol de ese día (o bien en luna menguante). Asimismo, constituye un excelente amuleto para ahuyentar las tormentas y proteger los domicilios y demás propiedades de los poderes de aquellos espíritus maléficos que traen enfermedades, epidemias y otras desgracias. Muchos pastores de Valcarlos y Donibane Garazi colocaban una ramita de esta rosácea en sus zurrones. Otros pastores hacían arcos con ramas de este arbusto que bendecían en la Cruz de Mayo y obligaban a cruzar al ganado, con ellos delante con el fin de protegerlos de cualquier desgracia. Si algún animal doméstico era picado por una serpiente, se utilizaban las púas del espino blanco para pinchar la herida y dejar que saliera el veneno. Luego se cocían las ramas floridas y se aplicaba el remedio sobre la mordida. También se daba a beber la infusión al afectado. Se trata de una planta vinculada al aspecto más feérico de Mari como Dama Blanca, sincretizada en la figura de Sta. María de Aranzazu o la Virgen del Espino.

El endrino o prunus spinosa (elorri beltza, arantz-beltza, patxaran, arañón) es otra rosácea muy extendida y con gran simbolismo folklórico, de cuyos frutos se extrae el famoso “patxaran” o mistela de arañones. Se trata de un licor afrutado que resulta de la maceración de las bayas en anís y se toma como remedio digestivo, aunque se dice que también alivia los dolores del alma. El tiempo de recogida óptima de esta planta es el mes de septiembre o en cuarto creciente. Barandiarán recogió el testimonio de una etxeoandre que decía que era necesario pedir perdón al arbusto si se quebraba una de sus ramas para que el espíritu de la planta no se enojara. Lo interesante es que Satrústegui documentó en Luzaide la creencia en los “Arantziliak”, unos genios ruidosos y traviesos que se asocian etimológicamente a esta planta y se colaban en los desvanes y establos. Se registró su presencia en el barrio de Azoleta, así como la dificultad de ser expulsados mediante simples rezos o conjuros. Sin embargo, la sal filtrada sobre un cedazo sobre las aguas de un riachuelo cercano sirvió como elemento disuasorio para alejarlos (en esta zona la sal se asocia al maleficio y derramar sal es un signo de mal augurio).

La zarza (sasi, lar, lahar, barda) es otro de esos arbustos asociados al mundo feérico, la brujería y las prácticas de cruzar el cerco. En la Noche de San Juan, las “sorginak” solían poner una cajita o alfiletero (“jostorratz”) sobre esta planta para atraer a espíritus como los galtzagorriak, mamurrak, mozorros, gaizkiñek o enemiguillos a su servicio. Normalmente el pacto se firmaba con sangre y no es casual que antiguamente los frutos se machacasen para hacer tinta (otra forma de firmar tratos) ni que se comieran sus bayas como un remedio contra la anemia. Las tisanas de hojas frescas de zarza se han indicado para el tratamiento de problemas digestivos (acidez estomacal, gastroenteritis, cólicos), además de como depurativo de la sangre. Otro de los remedios tradicionales para lavar los ojos enfermos y curar los orzuelos (“beltorrak”) era el cocimiento de los brotes de la zarza. Podemos establecer una relación entre este tratamiento y el mal de ojo, ya que Barandiarán menciona que su aparición coincide con un indebido fruncimiento del entrecejo o la mentira. La recurrente asociación con el órgano de la vista también está relacionada con la “segunda visión” (videncia) y las capacidades psíquicas. Otra cuestión a mencionar es la contraindicación del consumo de moras en el embarazo, porque se cree que el bebé nacerá con una mancha rojiza en la piel (la marca del Diablo que convertirá a esa persona en brujo/a).

La rosa (arrosa, karakatxis) es otra de las plantas relacionadas con la protección ante espíritus maléficos y el folklore del Solsticio de Verano. Las rosas se añadían a las enramadas que se fabricaban en la Noche de San Juan y, en esa misma fecha, los pastores hacían pasar las ovejas por debajo de un rosal silvestre (otsolarra) para preservarlas de cualquier enfermedad. Al igual que en el caso de la zarza, la cocción de los pétalos de rosa bendecidas se utiliza para curar la conjuntivitis y otras molestias oculares, aunque las espinas de la rosa son las que protegen del aojamiento (proyectar mágicamente el mal con la mirada). Además, pueden añadirse flores de sáuco en una decocción si existe una infección o problema más serio.

Por su parte, los frutos del rosal silvestre (escaramujo) sirven como potente astringente en caso de diarrea (de ahí que se les conozca popularmente como “tapaculos”). Otra de las aplicaciones del rosal es el tratamiento de la caspa infantil y los eccemas. Para sanarse había que dar tres vueltas a un rosal silvestre en la Noche de San Juan o bien preparar el cocimiento de siete rosas en leche con algunas cenizas de la chimenea del hogar, aplicando después el remedio en la parte afectada. En Burguete también se emplea la infusión de “tapaculos” o bien una maceración de los mismos con anís para la gripe y el resfriados por su alta concentración en vitamina C. Para dormir tranquilamente y no tener pesadillas, se recomienda colocar rosas secas con otras plantas como el abrótano hembra (txisari belar) o la manzanilla (kamamilla) dentro de la almohada.

El saúco o sambucus niger (sabuko, intxusa, intxensue, inyusa) es otro de los arbustos relacionados con la festividad de San Juan y una de las plantas más utilizadas en la medicina popular de Euskal Herria. Se mantiene la creencia de que el saúco es protector y por ello se añade a las enramadas preservadoras del hogar que se fabrican durante el Solsticio de Verano. Las flores de saúco bendecidas en día de San Juan poseen también usos funerarios, siendo quemadas sobre una porción de las brasas del hogar para purificar y perfumar la habitación de un difunto. En algunas localidades, las flores de sáuco junto a las de malva sirven para lavar el cadáver o rellenar la almohada donde descansaba el fallecido.

En cuanto a su funcionalidad sanadora, es ampliamente extendida para el alivio de dolores muelas, inflamación de encías y flemones. En este caso, se vierte un puñado de hojas de sáuco sobre un montón de brasas del hogar y se aspira su vaho. Asimismo, se pueden cocer las flores con un puñado de hojas de malva y tomar la infusión cuando se precise. Para curar los flemones, se queman las hojas y las flores del saúco sobre las brasas. Se colocan unos paños recibiendo el humo durante tres minutos. Se embadurna la cara con harina tostada y se aplican los paños sobre la parte afectada. La corteza verde del saúco se ha usado tradicionalmente para afecciones de la piel, bien fueran heridas, quemaduras, ampollas, panadizos, picaduras, etc En Valcarlos, Auritz y Aezkoa se fabricaba un ungüento macerando la corteza fresca en aceite calentado a fuego lento durante dos horas. Tras ese tiempo, se filtraba la mezcla y luego se añadía cera virgen (en Eugi incorporan jabón raspado, en Garralda vino tinto y en otras localidades romero o ajo). Muchas veces, aprovechando la ocasión, se preparaban pequeños paños cortados para impregnarlos en los restos del ungüento que había quedado en la cazuela donde se había elaborado. Después se ponían a secar. De ese modo se confeccionaban tiritas cicatrizantes caseras, que servían tanto para personas como para el ganado.

Las flores de saúco también tienen aplicaciones dermatológicas. Si se desean curar granos, se puede aplicar el humo de estas flores sobre la zona a tratar. Otro uso bastante extendido es para curar enfermedades respiratorias. En Aria y Orbaitzeta se prepara una infusión de flores secas de sáuco, utilizando leche en lugar de agua hirviendo. Asimismo, se pueden aplicar estas mismas flores como sahumerio para abrir las vías respiratorias. En Esteribar y Arce se hace un jarabe para el catarro con las bayas del saúco, acompañadas de las flores de esta planta, anís verde, jengibre y limón. En Nagore, los frutos del saúco también se toman en mermelada por la mañana para aliviar los síntomas del resfriado. En Luzaide se preparan emplastos con hojas de saúco y un poco de grasa con el fin de aliviar dolores de estómago.

El brezo (ilarra, ainarra, iñar) es un arbusto vinculado a Mari y a las prácticas de cruzar el cerco. Las escobas de las casas se fabricaban con esta planta y se colocaban detrás de la puerta para ahuyentar a las “sorginak” y otros espíritus. Asimismo, parte de carbón vegetal con el que se calentaba el hogar, el abono de los campos y las camas del ganado se hacían de este material, que poseía un carácter claramente protector contra los peligros al otro lado del velo. Las abejas (erleak), mensajeras de la Dama y mediadoras entre el mundo feérico y el plano mortal, suelen alimentarse del brezo y fabrican una miel especial con la que se endulzan infusiones anti-tusivas, antiespasmódicas y tranquilizantes. El cocimiento de sus hojas se utiliza para el tratamiento de heridas, golpes, herpes y enfermedades oculares (simbólicamente, las zarzas y las rosas silvestres se usan con el mismo fin). Las flores de brezo sirve para aliviar malestares digestivos y problemas renales por su acción diurética.

Existe una canción recogida por Satrústegui en su “Cancionero popular (vol.II)” que nos habla del origen de Mari conectado a brezos y zarzas: “Mari Trapuzar, iñarteko sasi artean yaioa egundo bere ezton ikusi eure gariangorua”. (Mari de los trapos viejos, nacida en el zarzal de entre brezos: jamás has visto la rueca en tu cintura). En esta coplilla se hace alusión al aspecto de anciana de la diosa y a la función que tiene sobre el destino, facilitando el camino o enredando el hilo para poner trabas (pruebas). Asimismo, las hojas en forma de aguja del brezo recuerdan al huso de la rueca. Un detalle interesante es que las mujeres suelen usar las escobas de brezo para limpiar las telarañas. Así pues, encontramos una relación entre la araña y el brezo. La araña, por su parte, representa el linaje y el poder de las antepasadas femeninas que ejercen de red de apoyo desde el mundo espiritual (pudiendo guiarte dentro de él).

El boj (ezpel) se utilizaba también para fabricar escobas, aunque en esta zona del Pirineo se hacían unas escobillas especiales para limpiar el horno de hacer el pan, tal y como recogió Resurrección Mª de Azkue. Este arbusto está asociado tanto a ritos de nacimiento como de defunción. Si se deseaba averiguar el sexo de un bebé, se echaba una hoja al fuego: si subía sería niña y, si se quedaba en las brasas, un niño. Con una rama de boj mojaba en agua bendita se le da el último adiós a un difunto antes de ser enterrado. El boj también tiene asociaciones ritos populares para eliminar las verrugas. Las instrucciones indican que otra persona que no sea la afectada debe enterrar debajo de una piedra desde la cual se vean tres ermitas o santuarios (o en una encrucijada de tres brazos) tantas hojas de boj como verrugas. Las hojas de boj se usan, en general, como purgante, tanto en humanos como animales. La corteza de raíz y las hojas se pueden tomar en infusión para aliviar trastornos biliares. Con la madera del boj se confeccionan los almireces, las cucharas y los txistus (flautas autóctonas).

La retama negra (sarothamnus scorapius) o “escoba” (isats, erratz, genista) forma parte del escudo de los Plantagenet, dinastía que gobernó Aquitania e Inglaterra con la bendición mítica de Melusina, figura que guarda muchos paralelismos con Mari. Según Satrústegui, en Aezkoa se creía que las brujas, cuando estaban a punto de morir, utilizaban las ramas verdes de este arbusto para transmitir a otra persona el poder de la brujería. Aquí no podemos obviar la semejanza etimológica entre erratza (retama) y orratza (aguja, alfiler), siendo éste último un elemento esencial en el arte del hilado como metáfora del destino.

La árgoma (ulex europeus) o tojo (ulex gallii)), conocida como otea, es la planta que porta el Olentzero en el Solsticio de Invierno para azotar a los niños traviesos y desobedientes (igual que el Krampus en los Alpes Suizos, Alemania y Austria). También existe una leyenda sobre una bruja con apariencia de asno (recordemos que el Olentzero va acompañado de un burro y/o su esposa Mari Domingi). Un joven que iba camino del caserío de su novia se encontró con un asno pastando en el prado. Como lo vio solo, pensó en llevárselo y trató de dirigirlo hacia donde quería sacudiéndolo con un palo. El animal no hacía caso y se movía en dirección al río, así que el mozo le atizó más fuerte, abriendo una herida que cerró al momento como por arte de magia. Al llegar a las inmediaciones del río, encontró a unas brujas lavando la colada (en otras versiones, eran lamias). Una de ellas le pidió que le ayudase a retorcer una sábana. El muchacho, ignorante de la verdadera naturaleza de aquella dama, obedeció. En su mano, la sábana se transformó en árgoma y se lastimó. El joven replicó al sentirse engañado: “esto no es árgoma”. Ellas respondieron al unísono: “Que no somos pero somos”. Luego la que se encontraba con aspecto de burro, recobró su forma humana y todas escaparon volando por los aires. El joven, por su avaricia e imprudencia, quedó con las manos dañadas. Ya que la brujería sale a colación, aprovecho para añadir que el término “landa” se utiliza para designar un páramo donde hay árgoma y brezo. Así que lugares como las famosas Landas del Boc serían parajes donde estas plantas estarían presentes.

El acebo (gorosti, korosti, bolostio) y el muérdago (mihura) son plantas relacionadas con el folklore del Solsticio de Invierno. El cocimiento de corteza de acebo o la infusión de las hojas del muérdago se han utilizado para tratar problemas intestinales y purificar el cuerpo. En el caso del ganado, cuando éste padecía de cólicos, se les daban unos golpecitos en la panza con una rama de acebo para que expulsara los “malos aires”. La infusión preparada con las hojas y los tallos secos del muérdago que crece en el avellano se considera que es el mejor remedio para ayudar a las mujeres parturientas a expulsar la placenta. En Roncesvalles se aconseja recolectar el muérdago que crece junto a los espinos para colocarlo en el dintel de la puerta como talismán de protección. En otros pueblos creen que es mejor el que se recoge junto al castaño o al abeto para alejar el mal.

El enebro o juniperus communis (orrea, epuru, arabota, ginebro), según la creencia popular, es un repelente de serpientes y animales ponzoñosos, neutralizador de la enfermedad y purificador del ambiente. Asimismo, sus bayas intervienen en varios rituales mágicos dirigidos a la eliminación de verrugas. En unas localidades seguían el patrón de colocarlas bajo una piedra después de frotarlas contra la piel y en otras se destruían con otros métodos (enterrándolas, quemándolas…). Por otro lado, las bayas del enebro se han utilizado como regulador hormonal de los ciclos de la mujer, tomando un cocimiento dos veces por semana. El enebro, macerado en alcohol (se le puede añadir romero), sirve para aliviar las contracturas musculares y los procesos reumáticos. Otro uso ampliamente extendido de este arbusto es la fabricación de ginebra. Este licor se ha recomendado a las mujeres que padecían fuertes dolores menstruales o como tónico estomacal general.

El helecho común (iratxe) y el helecho real (iztarro, trumoiere) poseen un simbolismo especial en los ritos del Solsticio de Verano, considerándose “belar onak” (hierbas benéficas) en esta zona de Navarra. Según manda la tradición, deben recogerse durante la medianoche de San Juan, que es cuando albergan más poder. Se solían quemar sobre las brasas del hogar, en solitario o con otras plantas recogidas en esa fecha (saúco, rosa, margaritón, etc), con el fin de purificar, armonizar y bendecir las habitaciones del hogar, alejando la enfermedad y todo tipo de mal. En Valcarlos y Aezkoa también se echaba un puñado de helecho junto a otras plantas bendecidas en San Juan para evitar las tormentas potencialmente destructivas. Otra fecha señalada para recolectarlo es la luna nueva de septiembre o bien el día de la advocación mariana local que se venere en ese mes. En esta época era típico construir camas para el ganado en las cuales éste estaba protegido. Asimismo, se ha usado como combustible y abono. En lo que a sus usos medicinales respecta, la raíz machacada sirve para preparar emplastos que se aplican sobre heridas superficiales, hernias o hemorroides. El cocimiento del rizoma se ha utilizado en el tratamiento de enfermedades hepáticas. La infusión de un puñado de “belar onak”, entre las que se encuentra el helecho, también se ha recomendado para la odontalgia.

La carlina acaulis, comúnmente conocida como “eguzkilore”, está vinculada a la diosa Eguzki y es el principal amuleto de protección contra los espíritus maléficos y la brujería (de ahí que reciba el sobrenombre de “sorgin-kontra”). Según la leyenda, Carlomango la usó para ahuyentar la peste y otras enfermedades, de ahí que se le diese el apelativo de “angélica”. Barandiarán añadió que también servía para protegerse de las tempestades y Goicoetxea la vincula con la fidelidad conyugal y el bienestar familiar. Se trata de una planta bienal que crece en zonas montañosas (entre 1000 y 2000 metros), normalmente entre hayedos, pinares, matorrales o pastizales. La tradición recomienda colocarla en las puertas de las casas la mañana de San Juan. En latitudes más bajas donde no se desarrolla, algunas personas sustituyen la carlina por el cardo mariano o silybum marianum (Mariaren kardu), también denominado “sorginorrazi” (peine de brujas). La raíz de la carlina contiene un aceite esencial que se utiliza en afecciones dermatológicas (acné, dermatitis, eccemas…) Asimismo, posee propiedades diuréticas y digestivas. Las flores de cardo mariano se emplean en algunas localidades situadas a las orillas del Arga para cuajar la leche.

La belladona (belaiki) es la solanácea que mayor vinculación tiene con la brujería en el Pirineo Navarro Central. De ahí su apodo de “sorgin belarra” (hierba de las brujas). Barandiarán apuntaba a que el principal ungüento (gantzagailua) que usaban las brujas en esta zona estaba compuesto de belladona, beleño negro y estramonio (muy similar a otras recetas de la brujería medieval francesa). En cambio, Erkorera plantea que la fórmula estaría compuesta por belladona, beleño y mandrágora. Dado que la mandrágora tiene una presencia reconocida en el Valle de Baztán, donde se emplea actualmente para fabricar licor, probablemente la versión aportada por Barandiarán es la que realmente se elaboraba en la comarca de Auñamendi. Aparte de utilizarse en prácticas de vuelo del espíritu y viaje extático al otro mundo para participar en ritos sabáticos, la belladona ha tenido una larga tradición en la elaboración de amarres y hechizos de amor.

Cabe mencionar que existen otras dos plantas a las que se denomina popularmente belladona y que, en algunas localidades actúan de sustitutivos de la atropa belladonna. La primera de ellas es la cucubalus baccifer o “belladona silvestre” y, la segunda, la ligustrum vulgare o aligustre. Al igual que la belladona original, ambas poseen efectos astringentes y antihemorraicos. La parte aérea se usa en cataplasmas para calmar los dolores musculares y articulares por sus propiedades antiespasmódicas. Por otro lado, las bayas del aligustre se utilizan para preparar un ungüento con aceite de oliva y cera virgen que se recomienda para tratar las paperas. Los frutos, una vez secos, se pueden echar a las brasas del hogar y el humo de la combustión sirve para aliviar el dolor de muelas. Todas estas variedades de “belladona” son potencialmente tóxicas por su concentración en saponinas y alcaloides, pudiendo dar lugar a gastroenteritis graves y paradas cardiacas, por lo que deben administrarse con mucho cuidado (especialmente en personas con problemas estomacales y cardiacos). Además, debemos recordar su efecto psicoactivo, debiendo tomar mayores precauciones en pacientes con trastornos psicológicos y psiquiátricos.

El beleño negro o hyoscyamus niger es conocido como “aitabelo” (la hierba del padre) u “otso baba” (padre lobo), además de “txokolatera” por la forma del fruto. Las dos primeras denominaciones evocan claramente a Akerbeltz como representación paterna, maestra o mentora en el arte de la brujería en su aspecto más salvaje. Asimismo, nos indica su aplicación en las prácticas de cambio de forma (shapeshifting) y su vinculación al lobo como uno de los animales totémicos principales en el folklore de este territorio (para saber más, se recomienda la lectura del artículo “Luzaideko mitologia eta folklorea”). Medicinalmente, se fabricaban ungüentos destinados al tratamiento de enfermedades de la piel con las hojas del beleño negro, verbena, hojas de malva, flores y hojas de saúco y llantén menor. Las plantas se cuecen en aceite de oliva a fuego lento hasta que se ponen negras. Luego se cuela y se añade cera virgen. En otras localidades se hace una pomada con las semillas del beleño, marrubio y cebolla. Irigaray también documentó aplicaciones dentales en distintas localidades, quemando las bayas junto a las semillas sobre carbones y dejando que humo entre en la boca. Su uso está contraindicado en pacientes con hipertensión arterial, glaucoma e hipertrofia prostática. Igualmente, debemos advertir de su potencial psicotrópico y sus efectos estimulantes en la sexualidad masculina. Al igual que el caso anterior, se aconseja la supervisión de un/a profesional.

El estramonio o datura stramonium es llamado “asma-belar” porque su principal atribución es el tratamiento de los síntomas del asma, fumando las hojas en forma de cigarrillos. Sus efectos narcóticos y antiespasmódicos han sido conocidos desde antiguo y por ello se ha prescrito en cantidades controladas en el abordaje de la epilepsia y el párkinson, además de otros trastornos nerviosos (ansiedad, fobia, temblor esencial). Asimismo, el ungüento de estramonio y verdolaga (portulaca oleracea) se ha recomendado para la tendinitis y problemas articulares, así como la curación de eccemas. En algunas localidades, el fruto del estramonio era colgado sobre las cunas de los niños para alejar las pesadillas. Recordemos que Inguma o Mamua es un genio maléfico presente en la mitología de estas tierras y al cual se le atribuye el padecimiento de terrores nocturnos, entre otros malestares no deseados. En algunos pueblos se le llama “hierba del diablo” o “burladora”, ya que ha sido una de las plantas, por excelencia, asociadas a la brujería. En las leyendas, al Diablo (Etsai) se le presenta como un personaje que actúa bajo el engaño, la tentación y la manipulación de los deseos. Si se pisa esta hierba a medianoche, se cree que se la persona queda poseída y se ve obligada a danzar frenéticamente hasta el primer canto del gallo (al alba). La intoxicación con esta planta suele ir acompañada de alteraciones de la visión, aletargamiento, pérdida de la sensibilidad, debilidad, alucinaciones y cólicos. Usada indebidamente, puede causar la muerte, así que debe tenerse mucha precaución. Su presencia es más común en Tierra Estella y en la comarca de Tafalla.

El heléboro es otra de las plantas asociadas a prácticas mágicas que encontramos en tres variedades: helleborus viridis (xixarribelarra,otsababa), helleborus niger (lupu belar, mingaizto belar) y el helleborus foetidus (su-belar, pikolili). Su etimología nos permite observar claramente una relación con Sugaar o Maju como dios serpiente, con poder de emponzoñar. El viridis es el más tóxico y ha sido utilizado tradicionalmente como purgante y antiparasitario (lombrices intestinales), cociendo las hojas secas y tomándolas en infusión. Con la raíz del heléboro verde también se preparaban sedales que se pinchaban en la papada del ganado con una aguja al rojo vivo para promover la supuración de los humores ante una infección o un absceso putrefacto. Igualmente se frotaban las heridas con hojas de esta planta para frenar hemorragias. Mágicamente se ha usado en las prácticas de cambio de forma (de ahí que se le dé el sobrenombre de “hierba de lobo” a nivel local y “bear’s foot” en el ámbito británico), a la hora de pactar con espíritus o “daemons” (que pasaron a considerarse demonios en la brujería medieval) para vincularlos al brujo/a y en rituales de exorcismo.

El heléboro negro es el segundo más tóxico de este grupo. Sus flores salen en invierno y su folklore está vinculado a la época oscura del año, momento en el que los difuntos y los espíritus del la noche se encuentran más activos. En esta zona de Navarra se ha empleado para el tratamiento del carburo o ántrax en el ganado ovino y bovino, así que está más vinculada a prácticas de exorcismo. En humanos, tal y como indica su nombre en euskera, se ha utilizado para el tratamiento del cáncer y neutralizar la enfermedad. No obstante, no podemos obviar su uso necromántico ni su intervención en las prácticas de cambio de forma.

El heléboro fétido es el que posee más aplicaciones médicas. La raíz es tóxica y también se ha empleado como purgante y antiparasitario, al igual el heléboro verde. Sus hojas secas trituradas se echan sobre el pelo para matar a los piojos. Asimismo, las hojas frescas calentadas sobre la sartén se aplican en forma de cataplasmas para tratar unos tumores gangrenosos que suelen aparecer en entre la garganta y el pecho del ganado, semejando el mordisco de un lobo. Con esta variedad también se han fabricado sedales, reforzándose su uso mágico para pactar con espíritus. Por otro lado, las flechas de los vascones se untaban con su raíz para envenenarlas y herir de muerte. De ahí se deriva su aplicación en hechizos para atar a los enemigos y maldecirlos. Como curiosidad, vale la pena añadir que en Álava se utilizaba tanto el heléboro verde como el fétido en la fabricación de escobas para limpiar el horno del pan (aquí vemos de nuevo su asociación con el fuego alquímico).

El aro, sugebelar o erre-belar, también conocido como hierba de culebras o hierba de Aarón, está vinculado simbólicamente al folklore de la serpiente (Maju) como animal sagrado y diabólico, dependiendo de la óptica desde la cual se interprete su esencia. En esta zona del Pirineo existen dos variedades: la arum italicum y la arum maculatum. Se trata de una planta potencialmente venenosa si se administra internamente, pero el calor aplicado en el cocimiento de su rizoma hace que pierda toxicidad y pueda utilizarse con fines terapéuticos. Una buena metáfora de que el fuego puede quemar o sanar, dependiendo de cómo se maneje. Sus hojas escaldadas y aplicadas sobre paños templados se usan en el tratamiento de quemaduras, úlceras, panadizos y otras enfermedades de la piel. Si se desea que el efecto sea un poco más fuerte a fin de tratar infecciones, se pueden aplicar las hojas frescas sobre la epidermis y tapar la zona con una gasa, dejando que actúe toda la noche como si fuera una segunda piel de la que luego uno debe desprenderse. Este remedio también sirve para curar la sarna en el ganado. Además, la raíz posee propiedades expectorantes y, sumada a la verbena, puede saltearse en aceite y prepararse a modo de cataplasma para tratar pulmonías. Su aplicación está contraindicada en los niños. Especialmente, los frutos, pueden causar graves intoxicaciones. A nivel mágico, sirve para realizar prácticas de cambio de forma (skin-turning).

La dedalera o digitalis purpurea (kukupraka) es una hierba perteneciente a la familia de las escrofularias que crece frecuentemente en claros y linderos de hayas y robles. Las hojas y tallos de esta han utilizado como diurético ante la hidropesía y sedativo cardiaco, a pesar del riesgo que entraña el manejo de esta planta a la hora de encontrar la dosis terapéutica sin que resulte dañina o directamente mortal. Otro de los apelativos de esta herbácea es “guante de nuestra Señora”, vinculándola a la diosa Mari como dama de noble linaje. Atrae a abejas y colibríes, que son considerados mensajeros del mundo feérico, así que llevarla en un saquito (sin que toque la piel) u ofrendarla es una buena forma de atraer su presencia. Es una de las plantas vinculadas al folklore de San Juan y se ha utilizado en la elaboración de hechizos amorosos.

La hierba de Circe o circaea lutetiana es una planta de la familia de las onagráceas que tiene algunas semejanzas con la belladona (deadly nigthsade) y la dulcámara (bittersweet nightsade) del grupo de las solanáceas, aunque su acción es más sutil. Es conocida popularmente como la “hierba encantadora” o “herb aux sorcières”, está relacionada con los ritos de San Juan y su principal uso mágico es amoroso. Puede quemarse sobre carbones para ayudar a concentrarse durante prácticas de meditación (equilibrado energético), entrar en comunión con nuestra verdadera voluntad y acompañar en prácticas de cambio de forma. Son menos conocidas sus potencialidades para realizar maldiciones.

La verbena o “curalotodo” (berbena,belberin, pasmo-belarra) es otra de las plantas recogidas en la mañana de San Juan y posee muchas aplicaciones medicinales. Su uso más extendido es el tratamiento de problemas respiratorios (sinusitis, faringitis, infecciones de garganta, anginas, pulmonía, tuberculosis…) y flemones dentarios en forma de tortilla. Esta tortilla de verbernas se elabora troceando muy picadita la parte aérea de la planta y salteándola un poco en aceite de oliva. Después de añade la clara de un huevo bien batida y se hace una tortilla (a veces con ajo picado). Luego se aplica sobre unos paños en la parte afectada, al menos durante un par de horas, aunque otras personas recomiendan que repose toda la noche para sacar el mal hacia afuera. En algunas localidades aconsejan que nunca se ponga en el lado del corazón, probablemente por su uso mágico a nivel amoroso. La tortilla de verbenas también se puede usar para combatir dolores articulares, reúma, torceduras y “clavos de pelotari”.

La infusión de la planta entera posee aplicaciones digestivas y se toma igualmente para aliviar el malestar general. En Garralda, en los meses más fríos del invierno, se consume para levantar el ánimo. A nivel veterinario, el cocimiento de verbena se daba a las gallinas enfermas durante tres días y se empleaba para lavar las heridas del ganado, así como las ubres de las vacas. Este último uso se vincula a la creencia en la atracción de la fertilidad y prosperidad. Asimismo, se cree que quien recoge la verbena en la fecha indicada estará libre de la picadura de la culebra, de la mordida de cualquier otra sabandija o de todo aquello que pueda hacerle mal.

La artemisa es otra de esas plantas que posee varias variedades de uso habitual. La artemisia vulgaris (artemixe, erle belar, San Juan belar) es conocida como hierba de San Juan por los poderes de protección ante todo tipo de desgracias, la atracción de la abundancia y sus aplicaciones curativas. Su recolección se realiza al mediodía de la fecha señalada. Parte de sus atribuciones serían de carácter venusino. No obstante, también posee rasgos lunares, ya que su infusión es administrada a aquellas mujeres que necesitan regular sus ciclos y su sistema hormonal, especialmente si presentan dolores menstruales importantes y desajustes emocionales significativos. Por otro lado, la raíz se ha utilizado para paliar los malestares dentales en los niños pequeños. A nivel mágico, se emplea para crear almohadas de sueños y ayudar a recordar los mensajes que recibimos de nuestro inconsciente y del mundo espiritual, especialmente de los ancestros. Además, popularmente se cree que protege de las “arima erratiak” (almas errantes con asuntos pendientes). Se puede quemar a modo de sahumerio para realizar prácticas de adivinación y proyección astral.

La artemisia absinthium o ajeno (asentzio, txitxarri belar)  es recolectada igualmente en San Juan. Su uso más extendido en forma de tisana junto al hinojo está indicado para bajar la fiebre. En casos de anemia, se prepara un macerado de la planta en vino durante al menos una noche y se toma por las mañanas como tónico vigorizante. Asimismo, el cocimiento de ajenjo en leche ayudar a la eliminación de las lombrices intestinales. La maceración de esta planta en anís da como resultado el famoso licor denominado absenta, también conocida como “Fée Verte” (Hada Verde) por estimular la creatividad en escritores y artistas. Hasta 1915 se importaba desde Francia, producida por la marca Pernod Fils. Mágicamente, al igual que la artemisa común, se utiliza en prácticas adivinatorias y para inducir el trance para viajar en espíritu. Adicionalmente, se emplea con el fin de crear amuletos de protección contra el “begizko” (aojamiento) destinados a los niños, acompañado de otras plantas como el laurel y la ruda, además de añadir una porción del cordón umbilical junto a un puñado de ceniza del hogar. Por tanto, posee potencial para alejar espíritus maléficos o devolver maldiciones a los atacantes.

Por último, la artemisia abrotanum o abrótano macho (xixarri-belar, boskotxa) también se usa como hierba lombricera. Además, las hojas y las flores se colocan dentro de los armarios con el propósito de ahuyentar insectos, plagas y enfermedades.

La malva o malva sylvestris (mamukio, zigina) una de las plantas más utilizadas a nivel popular. La parte área, florida o no, se puede usar en vahos, cataplasmas, infusiones o jarabes para el tratamiento de enfermedades respiratorias, siendo un apoyo extra en pacientes asmáticos. La receta más efectiva de que he probado es una fórmula familiar hecha con romero, tomillo, malva, ortiga y eucalipto, tomada en infusión dos veces al día. Se puede añadir un chorrito de zumo de limón y una cucharadita miel para que sea más potente. Su segunda aplicación más extendida es la dermatológica. El cocimiento de la planta se puede aplicar sobre paños para tratar heridas infectadas, curar granos y limpiar impurezas de la piel. Igualmente se puede preparar una crema con flores de malva, aceite de oliva y cera virgen con la misma finalidad.

La malva también está indicada para trastornos ginecológicos. Si se tenía algún problema genital, las mujeres podían hacer baños de asiento para aliviar la irritación o inflamación. Además, su cocimiento colocado sobre una tela blanca se podían aplicar sobre las durezas en el pecho. Otra de sus atribuciones es digestiva. La infusión de flores de malva y cebada se prescribe para las úlceras estomacales. Para aliviar problemas en el páncreas, se toma una infusión con la parte aérea de la malva, el tomillo y el romero tres veces al día. La raíz de malva con aceite y sal se empleaba como enema en casos de estreñimiento. En Garaioa, también se han documentado sus indicaciones veterinarias. La infusión de flores de malva se daba de beber a los caballos cuando tenían cólicos. Para tratar al ganado porcino enfermo, se añadía un poco de harina y se les dejaba beber el brebaje. De todos modos, se puede aplicar en forma de compresas para curar heridas externas del ganado.

A nivel mágico, se considera que la planta protege de toda enfermedad y se recolecta durante la mañana de San Juan. La planta bendecida se quema en la hoguera diciendo: “sarna fuera, onak barrenera, gixtoak kanpora, biba San Juan bezpera”. Otra de las fechas indicadas para la recolección de la malva es la Cruz de Mayo, utilizándose para promover la fertilidad, hacer hechizos de amor y en rituales de magia sexual.

La ortiga o urtica dioica (atsuna, auxina, osiñe) es ampliamente utilizada para purificar la sangre y tratar problemas circulatorios ( reducir el colesterol, bajar la tensión arterial, mejorar el funcionamiento del corazón, facilitar una buena circulación), tomándose en infusión la parte aérea (se recomienda un tratamiento de 9 días, que puede ir acompañado o no de una novena). Los diabéticos también la toman para reducir el nivel de glucosa por su efecto diurético. En Valcarlos, Erro y Esteribar se le atribuyen cualidades para paliar la artrosis, el reúma y la ciática, frotándose las hojas en las partes doloridas un par de veces al día. En Garaioa se usa una decocción en agua o vino con el fin de fortalecer el cabello y eliminar los piojos.

La ruda o ruta montana (erruda belar, bortusai) ha sido ampliamente utilizada por herboleros/as, curanderos/as, ensalmadores/as y brujos/as. En Navarra se ha empleado para hacer gargarismos a fin de aliviar los males de garganta. Además, la famosa María de Jauregui (apodada “la mediquesa”) recomendaba tomar una infusión de ruda, artemisa, salvia y romero para tratar el “mal de madre” (urdillena), una especie de bola o nudo que, según la creencia popular, se sitúa a la altura del ombligo a raíz de un disgusto y hace que se desplace el abdomen comprimiendo los órganos vecinos. Con la ruda y la raíz de la consuelda también se elabora una pomada indicada para el lumbago, la ciática y las hernias discales. Junto al hinojo, se ha usado como antiparasitario.

En lo que a su folklore respecta, es una de las hierbas que se recogen y bendicen en San Juan. Según Azkue, si se consume la baya capsular que tiene cinco lóbulos o puntas en la flor central, la persona quedará protegida contra los ataques de las serpientes durante todo un año. Asimismo, la ruda constituye uno de los elementos que componen los “kuttunak”, destinados a proteger de todo tipo de males, incluidas las maldiciones en las que intervienen espíritus maléficos. No obstante, en las localidades fronterizas se consideraba que portar ruda en el bolsillo ya era suficiente para inmunizarse contra todo tipo de peligros a quien siguiera esta costumbre. En los días de tormenta, también se quemaba ruda junto a otras hierbas de San Juan para proteger el hogar. Así pues, se trata de una herbácea con un carácter marcadamente marciano desde la óptica de la astrología tradicional y el esoterismo occidental. Es preciso recordar que la presencia de meltilnonilcetona contenida en su aceite esencial ejerce de estimulante uterino, por lo que está contraindicada en mujeres embarazadas por su efecto abortivo. Igualmente, es preciso tener precaución con pacientes con úlceras estomacales, enfermedades hepáticas, problemas de riñón, convulsiones y depresión cardio-respiratoria.

El hipérico o hypericum perforatum (Santio-belar, epai-belar, milazulo) es otra de las hierbas sagradas del Solsticio de Verano y posee unos atributos claramente solares. Se suele recoger la planta florida durante la noche de San Juan, antes de que salga el sol. En muchas localidades queman en la hoguera un puñado de hipérico bendecido mientras se recita: “sarna fuera, onak barrenera, gixtoak kanpora, biba San Juan bezpera”. También se mantiene la costumbre de colocar un ramillete en las vigas de las cuadras para prevenir al ganado de la enfermedad. Asimismo, forma parte de las enramadas que se confeccionan en San Juan y se colocan en las puertas de las casas para protegerlas de todo mal. Su principal uso medicinal es dermatológico, en forma de aceite. Dicho remedio requiere que la planta florida macere durante 40 días en aceite en un bote cerrado y a oscuras. Este preparado sirve para curar heridas, golpes, eccemas, infecciones en la piel, hidratar la piel…

Asimismo, se puede elaborar un ungüento con propiedades anti-inflamatorias utilizando hipérico, cincoenrama y escrofularia. La infusión de flores de hipérico frescas o secas se recomienda (se puede añadir un poco de manzanilla) para aliviar malestares digestivos y diarreas. En Garralda se toma en infusión durante los días más oscuros del invierno para elevar el ánimo. Los pacientes fotosensibles o que estén tomando anestésicos tras una intervención quirúrgica deben tener cuidado con su consumo y consultar con un especialista para evitar interacciones o efectos adversos. Está contraindicada su administración con medicamentos inmunodepresores, antidepresivos, cardiotónicos y anticoagulantes. Existe otra variedad de hipérico (hypericum hirsutum), conocido como “hierba de San Juan” o “te beltza” (té negro). Se suele tomar en infusiones para combatir los síntomas del trastorno afectivo estacional y la depresión en estado inicial. No obstante, a nivel de composición y simbolismo puede utilizarse como sustituto del hypericum perforatum.

La árnica o arnica montana (arnika, esne laru belar) pertenece a la familia de las asteráceas (como los girasoles) y presenta definidos rasgos solares, vinculándose a la diosa Eguzki. Mágicamente, se usa como elemento de protección, para alejar las tormentas y en rituales de fertilidad. A nivel médico, sus flores se emplean como tratamiento de la anemia, problemas circulatorios y problemas cardiacos. La tintura de flores de árnica maceradas en alcohol se utiliza para sanar heridas, contusiones y dolores reumáticos por sus cualidades anti-inflamatorias. Las flores tomadas en infusión reducen la cefalea y las migrañas, así como disminuyen la fiebre.

El diente de león o taraxacum officinale (galkidea, orikatza, meonas) es una asterácea de naturaleza solar con propiedades diuréticas y depurativas (sangre, hígado, vesícula). En Navarra, las hojas frescas se toman en ensaladas por sus indicaciones digestivas y antidiabéticas. Popularmente, se cree que es una planta que fortalece la voluntad y la gente sopla sus semillas para pedir que sus deseos sse hagan realidad. Además, la infusión de sus raíces se utiliza para propiciar la colaboración de espíritus benéficos.

La tormentilla o potentilla erecta (zasporra, pixbelarra), también conocida como “sietenerama”, es una rosácea cuya principal uso médico en Navarra ha sido diurético, cociendo la planta fresca entera. A nivel mágico, se sumerge en el baño con el fin de atraer el amor y la buena suerte. Asimismo, es uno de los ingredientes secundarios que se incluyen en algunas recetas de ungüento para volar usados por los/as brujos/as.

El geranio o pelargonium (jeromia) es una planta a la que Barandiarán atribuyó el poder de expulsar los malos aires y la enfermedad. De ahí que sea muy habitual encontrarlo en los balcones, aunque antiguamente también se quemaba dentro de las habitaciones. En la mitología vasca, existe un genio del aire (del otro mundo) llamado Aide, Aideko o Aidegatxo al que se atribuye las afecciones y desgracias que no tienen una causa natural conocida. En algunas localidades se dice que también puede atraer y dirigir tormentas destructivas. Además de quemar geranio, se puede echar un puñado de hierbas de San Juan al fuego para neutralizar su poder. El geranio, tradicionalmente, se ha utilizado (junto al anís) en el tratamiento de malestares digestivos en los bebés.

Dentro de la familia de las geraniáceas encontramos la hierba de San Roberto (zaingorri), cuyo jugo se emplea para alejar a las chinches. Asimismo, su conocimiento puede utilizarse en forma de gargarismos para paliar males de boca y garganta. Igualmente, puede usarse como depurativo y en limpiezas energéticas del hogar.

La achicoria o cichorium intybus (txikori, orikatxa) es una planta de la familia de las asteráceas, cuya raíz tostada y hervida en agua se ha consumido y se sigue tomando a modo de café autóctono, compartiendo las mismas propiedades diuréticas y resultando menos irritante para el estómago. Es más, la decocción de su raíz está indicada en el cuidado del hígado. También se ha usado externamente, al igual que la manzanilla, para paliar la conjuntivitis y otras molestias en los ojos. Mágicamente se emplea como “abridora de caminos”, permitiendo ver con claridad en la toma de decisiones y removiendo obstáculos para lograr aquello que deseamos. Asimismo, puede utilizarse, junto a otras plantas para cambiar el tiempo atmosférico (weather magic) y eliminar maldiciones.

Para finalizar, me gustaría hacer una breve mención a la amanita muscaria y los psilocybes como hongos asociados a hadas y duendes, así como a las prácticas de cruzar el cerco, en las cuales sus efectos psicoactivos permiten una experiencia extática más profunda (en el estado y contexto adecuado, preferiblemente con la supervisión de un experto en la materia si no se tiene suficiente conocimiento). Huelga decir que su uso queda dentro de la libertad y responsabilidad personal de cada individuo, con los riesgos que implica. Existen muchas otras técnicas, entre las cuales podemos mencionar la respiración holotrópica, el ritmo del tambor, el canto repetitivo de ciertas palabras o la danza, que no implican el consumo de enteógenos y que posibilitan un cambio potente en el estado de conciencia.

Además, existen muchas otras plantas con las que estamos más familiarizados/as y con las que resultará más sencillo interactuar, especialmente si estáis dando vuestros primeros pasos en este sendero de reencuentro con los misterios del mundo vegetal de vuestra tierra y su folklore. No desdeñéis a los daimones que habitan en plantas aparentemente humildes, ya que podéis toparos con maravillas que nunca hubierais imaginado.

 

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